El Mercado No Es La Plaza Del Puebla

Tony Curzon Price
Tony Curzon Price Economista, exeditor jefe de openDemocracy, consejero no ejecutivo de Ofgem y asesor de políticas en Nesta. Dirige la gobernanza y los estándares en dotPublic.

Las plataformas que hoy dominan nuestra vida digital no alcanzaron esa posición por actuar de forma malintencionada. Se volvieron dominantes haciendo algo realmente útil. Google analizó la estructura de enlaces de la web — las decisiones colectivas de millones de personas sobre qué contenidos merecen ser enlazados— y la transformó en resultados de búsqueda válidos. Esa era la magia del algoritmo PageRank. Facebook interpretó un modelo matemático formado por nodos y enlaces (grafo social) y mostró las conexiones y el contenido interesantes para cada persona. En ambos casos, la plataforma observó el comportamiento de todos, extrajo un patrón que ningún individuo podría haber calculado por sí solo y lo devolvió ofreciendo un servicio mejorado.

Eso sí que era valor real. Deberíamos reconocerlo.

Pero lo que sucedió después se ha convertido en el problema. Tras descubrir que los patrones no solo eran útiles, sino extraordinariamente rentables, las plataformas tomaron una decisión trascendental. Se utilizaron para maximizar las ganancias de los accionistas, en lugar de maximizar su valor público en forma de mayor comprensión, cohesión social o una vida democrática más sólida. El patrón, que nos pertenecía a todos colectivamente, se convirtió en propiedad privada. La arquitectura de internet se solidificó en torno a esa decisión.

El resultado es un ciberespacio donde el comercio ya no es una actividad más de la sociedad humana, sino su principio organizador. Los flujos de datos que caracterizan al mundo de las puntocom están tan profundamente arraigados que son prácticamente imposibles de evitar. Incluso las bibliotecas de software «gratuito» contienen habitualmente códigos de seguimiento. Instituciones públicas —el Instituto Nacional de la Salud, la BBC, los ayuntamientos— publican a través de plataformas comerciales que no controlan, utilizando sistemas diseñados no para el servicio público, sino para la vigilancia y la publicidad. La propia infraestructura a través de la cual desarrollamos nuestra vida cívica está optimizada para la extracción de datos.

Esto tiene más importancia de la que solemos reconocer. El comercio es un ámbito totalmente legítimo de la actividad humana. Sin embargo, es un ámbito en el que no todos participamos. En el mercado, todos estamos, en última instancia, separados unos de otros: como potenciales competidores, como compradores y vendedores que buscan obtener ventaja. Esto es aceptable. Los mercados funcionan. Pero convertir el mercado en el espacio organizador de toda interacción social conduce a un futuro sombrío: a la sospecha, a la paranoia, al pensamiento conspirativo que ahora impregna el ciberespacio, al agotamiento profundo de vivir en un entorno donde cada interacción puede ser una transacción y, cada información, un anuncio. Es un espacio donde no hay lugar para intentar crear un entendimiento común ni construir un mundo compartido. Crea, podríamos decir, un estado de alienación.

Es perfectamente válido decidir entrar en el mercado. Pero entrar en un mercado presupone que existe dentro de un espacio más amplio que no es el mercado en sí: un espacio de hechos compartidos, instituciones de confianza y relaciones no lucrativas. Cuando ese espacio circundante colapsa, el mercado mismo se vuelve ingobernable y socava la sociedad.

Ha llegado el momento de reparar el ciberespacio —y las sociedades de las que forma parte— para remediar el daño sufrido. Y, en mi opinión, la solución tiene dos partes.

La primera es dotPublic: una nueva capa de infraestructura de internet donde los valores públicos están integrados en la propia arquitectura, no solo plasmados en documentos normativos que nadie aplica. DotPublic proporcionará un dominio de nivel superior bajo el cual las instituciones participantes deberán operar de acuerdo con estándares cívicos vinculantes. No será una plataforma que compita por la atención. Será el equivalente digital de lo que la radiodifusión de servicio público representó para la radio: una garantía arquitectónica de que una parte del entorno informativo sirve al público, no al anunciante.

La segunda parte de la solución son los sindicatos de datos: instituciones de la sociedad civil que representan nuestros intereses individuales y colectivos en la gestión de nuestros datos. Un buen ciberespacio necesita mecanismos que garanticen que los patrones sociales sigan siendo sociales, bajo control individual o colectivo, en lugar de ser capturadas para su extracción privada. Los sindicatos de datos son esos mecanismos. El Primer Sindicato Internacional de Datos (FIDU por sus siglas en inglés, First International Data Union) que fundé, existe para administrar los datos de sus miembros con un deber absoluto de lealtad hacia ellos, no hacia los accionistas, ni hacia los anunciantes, ni hacia su propio crecimiento. Agrega los patrones sociales que hacen que un ecosistema sea inteligente y los comparte como un bien común, no como una barrera de propiedad.

Estas dos piezas se unen de forma natural. DotPublic ofrece la macroarquitectura: el espacio cívico dentro del cual el mercado puede existir sin consumir todo lo que lo rodea. Los sindicatos de datos establecen la microarquitectura, asegurando que la inteligencia social generada por nuestra comunidad se aproveche al máximo.

Por eso, como fundador de FIDU, me complace enormemente apoyar también a dotPublic. Juntas, ambas organizaciones representan algo que Internet ha necesitado durante los últimos treinta años: la infraestructura de una vida pública que no dependa de la buena voluntad de empresas cuyos intereses son, por su propia naturaleza, contrarios a los nuestros.

El mercado es no es la plaza del pueblo. Es hora de que construyamos la plaza del pueblo y que la utilicemos para su verdadero propósito, para crear una realidad compartida.


Edited by Zelda Rhiando Last updated